En Roma, el Papa creía firmemente que era la iglesia, y no el Emperador, quien tenía la máxima autoridad en el Imperio. Barbarroja no lograba convencer al Papa para que viera las cosas bajo su punto de vista, así que nombró a su propio Papa.
Por si eso no bastaba, el Papa y el Antipapa se apresuraron a excomulgarse mutuamente.
Al final, Barbarroja decidió recurrir a la política de las armas. Si el Papa no atendía a razones, puede que lo hiciera cuando dos mil guerreros alemanes tomaran la península itálica.
La más grande de las ciudades del norte, la capital virtual de Lombardía, era Milán. Los señores de Milán eran tan orgullosos como belicosos.
Barbarroja estaba decidido a arrasar Milán como advertencia al resto de ciudades italianas y, en particular, al Papa de Roma. El mensaje era claro: el único y verdadero Emperador Romano era él,
Aquella cabeza clavada sobre una pica parecía un trofeo demasiado macabro para exhibirse en la capilla de Châlons, pero aún así necesité semanas para atreverme a preguntar al padre Armand por qué la conservaba. El anciano sacerdote permaneció largo tiempo en silencio, mirando por la ventana, hasta que por fin respondió: “Yo estuve allí, en la batalla de los Campos Cataláunicos… luchando junto a Aecio y Teodorico el Godo”. Sabía que décadas atrás, aquí se había librado una batalla. De vez en cuando, los campesinos siguen dejando al descubierto con el arado esqueletos y escudos rotos.
“¿Contra quién fue, padre?” Le pregunté. “¿Contra quién luchasteis?” Se volvió hacia mí y me dejó paralizado con su mirada de anciano. “Contra Atila, el rey de los hunos”, contestó.
Después, me contó la historia. Los hunos surgieron de la nada en el siglo V, ansiosos por apoderarse de un Imperio Romano debilitado por la corrupción interna y por la expansión de otras tribus bárbaras.
Fueron los hunos los que expulsaron de aquí a muchos de los bárbaros que les habían precedido.
Eran unos aterradores guerreros procedentes de las estepas de Asia, con el cuerpo desfigurado por las cicatrices de heridas rituales y las piernas deformadas por pasarse casi toda la vida entera a lomos de su caballo.
Pero a pesar de su temible aspecto, no se habrían diferenciado mucho de otros invasores de no haber sido por su jefe, Atila, quien se dio a sí mismo el sobrenombre de El Azote de Dios. Dirigidos por Atila y su hermano Bleda, los hunos no se limitaron a invadir Escitia y Persia… ¡Las devastaron!