
Aquella cabeza clavada sobre una pica parecía un trofeo demasiado macabro para exhibirse en la capilla de Châlons, pero aún así necesité semanas para atreverme a preguntar al padre Armand por qué la conservaba. El anciano sacerdote permaneció largo tiempo en silencio, mirando por la ventana, hasta que por fin respondió: “Yo estuve allí, en la batalla de los Campos Cataláunicos… luchando junto a Aecio y Teodorico el Godo”. Sabía que décadas atrás, aquí se había librado una batalla. De vez en cuando, los campesinos siguen dejando al descubierto con el arado esqueletos y escudos rotos.
“¿Contra quién fue, padre?” Le pregunté. “¿Contra quién luchasteis?” Se volvió hacia mí y me dejó paralizado con su mirada de anciano. “Contra Atila, el rey de los hunos”, contestó.
Después, me contó la historia. Los hunos surgieron de la nada en el siglo V, ansiosos por apoderarse de un Imperio Romano debilitado por la corrupción interna y por la expansión de otras tribus bárbaras.
Fueron los hunos los que expulsaron de aquí a muchos de los bárbaros que les habían precedido.
Eran unos aterradores guerreros procedentes de las estepas de Asia, con el cuerpo desfigurado por las cicatrices de heridas rituales y las piernas deformadas por pasarse casi toda la vida entera a lomos de su caballo.
Pero a pesar de su temible aspecto, no se habrían diferenciado mucho de otros invasores de no haber sido por su jefe, Atila, quien se dio a sí mismo el sobrenombre de El Azote de Dios. Dirigidos por Atila y su hermano Bleda, los hunos no se limitaron a invadir Escitia y Persia… ¡Las devastaron!
Prólogo
“14 de julio, Burdeos. Juana de Arco ya no existe. El mundo, que estaba lleno de cosas preciosas, está ahora vacío y es miserable. Los ingleses la juzgaron por hereje. Pero la mente de Juana estaba tan afilada como su espada y supo evitar todas las ingeniosas trampas de sus acusadores. Juana no renunció a su misión ni siquiera en sus últimos momentos. Pero los ingleses la declararon culpable… y la quemaron en la hoguera. Más su muerte no ha sido inútil. “La Pucelle” es el grito de guerra unánime que campesinos y nobles claman al tomar las armas. Mi ejército es un ejército de valientes, e incluso sin el rey tenemos la intención de atacar la fortaleza inglesa de Castillon. Una victoria en Castillon acabaría para siempre con las pretensiones inglesas en Francia. Si muero en esta batalla lo haré por la Doncella de Orleáns. Moriré como un patriota de Francia.”