“Según el relato de Cuauhtémoc, guerrero jaguar de Tenochtitlán. Otro presagio. El lago que rodeaba la gran ciudad de Tenochtitlán se elevó, aunque no hacia viento, e hirvió como si le hubieran calentado. Espumó hasta que se abalanzó sobre las casas de la ciudad, arrastrándolas con el. Acompañé a nuestros dignatarios al encuentro con los recién llegados. Viajamos hasta la costa atravesando los territorios de nuestros enemigos tlaxcaltecas. Cuando salimos de la jungla, los extranjeros nos dieron la bienvenida, aunque mantenían sus armas al alcance. Les dije que éramos los aztecas, representantes del gran Moctezuma. Su jefe dijo que eran españoles y que se llamaba Cortés, aunque pareció complacerle que nos refiriéramos a él como Quetzalcóatl. No me parecieron dioses, aunque sus armaduras y animales parecían de otro mundo. Le ofrecimos a Cortés regalos del mejor algodón y penachos de plumas de pájaros, pero parecía mas interesados en los adornos de oro. Preguntó una y otra vez si había más oro en Tenochtitlán. Cortés ya se había adentrado en el territorio de los tlaxcaltecas. En un principio, hubo escaramuzas entre los tlaxcaltecas y los españoles. Pero cuando Cortés se enteró del tamaño de Tenochtitlán y del número de nuestros valientes guerreros aztecas, les propuso a los tlaxcaltecas una alianza para atacar a los aztecas.”
Según el relato de Cuauhtémoc, guerrero jaguar de Tenochtitlán. Los dioses debían seguir intranquilos, pues ese mismo año apareció otro presagio. El templo del demonio Huitzilopochtli se vio envuelto en llamas a pesar de ser de piedra. Y ardió aún con mayor violencia cuando la gente llegó corriendo con agua para apagar el fuego
“Según el relato de Cuauhtémoc, guerrero águila de Tenochtitlán. Apareció un presagio sobre el bosque, en forma de mazorca de maíz que resplandecía como el amanecer. Parecía sangrar fuego, gota a gota, como si fuera una herida en el cielo. Soy un guerrero, no un sacerdote, y no sabía como interpretar este signo. ¿Se habían enojado los dioses?. Consulté con los adivinos y magos para ver si se acercaba otra gran guerra, pero solo me respondieron vaguedades. ‘Los dioses quieren más sacrificios’ dijeron. Era siempre la misma respuesta. Los sacrificios nos han llevado a conquistar gran parte de nuestro imperio de junglas y volcanes. Siempre estamos guerreando, derrotando a un número cada vez mayor de enemigos para poder ofrecer sacrificios a nuestros dioses. Los magos afirman que tenemos que hacer un sacrificio diario para que el sol siga saliendo. Los equipos de mensajeros tardaron en recorrer mas de trescientos kilómetros para llevar mi mensaje hasta nuestra ciudad de Tenochtitlán. Dos días después, mi tío Moctezuma, emperador de los aztecas, envió su respuesta. Sus sacerdotes habían predicho el inminente regreso de su largo exilio del poderoso Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, Dios de la sabiduría y el viento. ¿De que otra forma se podría explicar el presagio? Moctezuma ordenaba a mis guerreros que se esforzaran para consolidar el control de la jungla que separaba nuestros territorios del de los enemigos. Debemos lograr el control de los cuatro santuarios consagrados a Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. Como el Imperio Azteca es poderoso y se expande constantemente, nos hemos creado muchos enemigos. Debemos defender estos santuarios de nuestros enemigos para prepararnos para el regreso de Quetzalcóatl”.
Los sarracenos intentan capturar una reliquia sagrada de los Caballeros Templarios en el desierto. El jugador comienza con dos campamentos, ninguno de los cuales están bien defendidos. Tu campamento norte tiene un ejército de lanceros, guerrilleros y una catapulta. Tu campamento sur tiene arqueros a caballo. Es necesario avanzar a la Edad de los Castillos y crear monjes en tu campamento norte. Tienes que confiar en tu fuerza de tropas y no puedes construir castillos, murallas o torres.
Buen sábado amigos, les dejo este vídeo en donde estamos contestando algunas preguntas que nos dejan en los comentarios de los vídeos Saludos y esperemos a ver solucionado sus dudas
El pirata, Reinaldo de Châtillon, ha violado los tratados de paz con los sarracenos y está atacando las ciudades santas de Áqaba y Medina. Para ganar, el jugador debe derrotar a los Invasores de Reinaldo (cian) y los Piratas de Reinaldo (azul) y evitar a sus bandidos (rojo). Pierdes si el Centro Urbano en Áqaba o Medina son destruidos, o si tus unidades mueren. Los invasores de Reinaldo tienen su campamento rodeado por un muro al norte de tu campamento y los piratas de Reinaldo tienen su campamento al otro lado del Mar Rojo. Los bandidos aparecen en cualquier parte así que ten cuidado.
Egipto. Hace ya un mes que llegué a Tierra Santa… Estaba en tierras extranjeras, a punto de morir. Vagué por el frío desierto durante cuatro noches antes de que los arqueros me encontraran. Había abandonado mi montura, ahora carroña para los buitres, y mi armadura durante el calor del día. Como adversario, no les suponía ninguna amenaza. Pensé que eran turcos que habían venido a jugar con su presa. Pero cuando pude distinguirlos del borroso espejismo, me di cuenta de que eran sarracenos, los dueños de Oriente Medio. Había llegado a Tierra Santa con los cruzados de Francia y Normandía, por lo que era su enemigo de pleno derecho. Me dieron agua y un caballo escuálido y me llevaron ante su jefe. Así conocí a Saladino. En Europa, las pinturas muestran a Saladino como un ser demoníaco y bárbaro. Pero es más cortés que todos los guerreros que he conocido hasta ahora, y prefiere estar en sus palacios de Damasco que matando normandos en el desierto. No esperaba hospitalidad por parte de los sarracenos: los normandos, ejecutamos a cualquier árabe armado que capturamos. Pero Saladino me dejó libre en su campamento. Quizás desee la presencia de un observador objetivo que narre la prodigiosa carnicería que se avecina. El ejército de Saladino se dirige hacia el sur, a Egipto, para reforzar El Cairo. Egipto es una tentadora presa para los cruzados. Es increíblemente rico y su gobierno es poco eficaz. Antes de ser capturado, iba a unirme al ataque de los cruzados a Egipto. Es una amarga ironía que vea ahora el enfrentamiento desde el campo enemigo. Así fue como me encontré, a menos de ciento sesenta kilómetros del Mar Muerto, en compañía de mis enemigos.”
“El emperador del Imperio Romano de Occidente tenía una hermana llamada Honoria, que tras muchos años de confinamiento en sus habitaciones, tuvo la absurda idea de mandarle una carta a Atila en la que le pedía que se casase con ella. Hay que suponer que Honoria no sabía dónde se estaba metiendo. Aunque Atila poseía numerosas esposas, se dio cuenta de inmediato de la ventaja que esa unión podía ofrecerle. Cambió repentinamente de planes. Ya no invadiría Constantinopla, sino Roma, en el Imperio Romano de Occidente. Y de hecho exigió como dote la mitad de aquel imperio. Atila envió a los hunos a través del Rin y fraguó alianzas con otros jefes bárbaros. Algunos, especialmente los borgoñones y los ostrogodos, se unieron a la confederación huna, mientras que otros, como los visigodos, aprovecharon para obtener el favor de Roma oponiéndose a los hunos. Cuando Atila entró en la Galia, lo que actualmente llamamos Francia, se limitó a afirmar que reclamaba con la fuerza lo que era suyo por derecho propio, por su matrimonio con Honoria.”
El Cid ha muerto, pero para mantener alta la moral del ejército español, su esposa Jimena amarra su cuerpo a su caballo, Bavieca. El Cid no es un personaje controlable en esta misión, él es una unidad fuera de tu castillo. Para ganar este escenario, Jimena debe derrotar al ejército y a la marina de la Guardia Negra, y a Yusuf.
“El Cid estaba de nuevo en el exilio, pero esta vez no había moros que le dieran la bienvenida. Vagó por los desolados parajes rocosos de Castilla, preguntándose si su leyenda había finalmente terminado. Entonces, sucedió algo extraordinario. Muchos mercenarios y soldados que conocían la leyenda del Cid estaban deseosos de seguirlo, incluso aunque no tuviera castillo. Conforme El Cid avanzaba hacia el sur, mas hombres se fueron uniendo a su ejército, tanto cristianos como musulmanes. Con el tiempo, El Cid había creado un ejército lo bastante grande como para conseguir su propio feudo. El rey Alfonso había puesto el ojo en la bella Valencia, la joya de la costa mora. Pero El Cid estaba más cerca y podía llegar antes. Si conquistaba Valencia, no solo estaría protegido contra las maquinaciones de Alfonso, sino que además contaría con un baluarte contra la segunda e inevitable invasión de Yusuf y los bereberes. Todo se habría desarrollado de una manera sencilla, si no fuera porque nuestro antiguo enemigo, el Conde Berenguer de Barcelona, eligió aquél momento para atacar al Cid”
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